La constante olvidada
El 1 de octubre se reanudan de nuevo las clases presenciales en la Escuela Municipal de música de El Espinar. Con todos los protocolos pertinentes tan conocidos por todos. Hace unos meses, tuve que realizar un reportaje con carácter de actualidad. Lo llevé al terreno que más me gusta, la música. Y me salió la pieza que os dejo a continuación (algo readaptada). El motivo por el que decido subir este trabajo es por el constante olvido que sigue a la música. Una compañera me contaba que en un colegio habían quitado la asignatura musical para poder reagrupar a los alumnos. Otra vez, la música atacada. Por no hablar del parón general de la cultura, pero ese, es otro tema. Por ello, con este reportaje quiero reconocer la gran labor que las escuelas de música hicieron como centro educativo que son (y ahora hacen) para conseguir que la música parase lo menos posible desde marzo.
¡Qué no pare la música!
Las escuelas de música municipales son una de las instituciones
encargadas de transmitir la esencia del conocimiento musical a miles de
personas. Como en el resto de la educación, para poder seguir impartiendo sus
clases en tiempos de coronavirus han tenido que reinventarse.
Martina tiene 10 años. Todos los viernes antes del
confinamiento iba a clase de guitarra a las seis de la tarde. Vive en un pueblo
de Segovia llamado El Espinar y va a clase a la Escuela Municipal de este
municipio que da servicio a unos 600 alumnos. Ella espera emocionada ese
momento desde por la mañana cuando va al cole. Con la cuarentena esa
posibilidad quedó eliminada. “Echo de menos ir a tocar y también a los amigos
que me encontraba” cuenta. Ella, a pesar de su corta edad, es parte de los
miles de españoles que se han refugiado en la música para hacer más leve el
confinamiento. “Estoy tocando mucho, me gusta que el profe me mande canciones
que conozco y pueda tocarlas en la guitarra, la música me ayuda a no aburrirme”
comenta con una posterior risa.
Al igual que en el resto de los trabajos, las escuelas de música han tenido que adecuarse a la situación ocasionada por el coronavirus. La enseñanza de dichas escuelas basaba su efectividad en la interacción entre profesor y alumno de forma presencial. Y no solo con las clases individuales de instrumento si no también con todas las actividades grupales como bandas, lenguaje musical, orquestas y coros. Actividades que sus profesores han adaptado para que la música no dejara de sonar en cada hogar. Mario Jiménez es profesor de guitarra en tres escuelas diferentes; la perteneciente a El Espinar, a La Granja de San Idelfonso (Segovia) y a Torremocha del Jarama (Madrid). Él ha reagrupado a sus alumnos a través de clases online por videoconferencia. Por medio de la aplicación Zoom está impartiendo clases a jóvenes y mayores. A parte de este recurso, también manda vídeos y audios para que el alumno los imite y repita pudiendo mantener así un constante feedback. Ha organizado hasta una audición virtual por Zoom donde los alumnos iban tocando mientras veían a sus compañeros. Pero como todo, tiene sus dificultades. “Las limitaciones son muchas, el sonido pierde calidad, no se puede corregir al alumno más allá de lo que se oye y sobre todo que no todos tienen los recursos disponibles o más apropiados, se depende de una señal de wifi y no de la voluntad” expresa con cierto desánimo. “La preparación de las clases ahora la hago antes de la reunión, antes podía improvisar más con el alumno delante. Además, para intentar adaptarme a todos he flexibilizado los horarios, por lo tanto, cada semana me cambia la rutina. Es un poco caos, pero creo que es lo mejor en los tiempos que corren” expone. Todo ello conforma una de las opciones más utilizadas para evitar tanto el parón de los profesores como lo que supondría para el alumno, musicalmente hablando, dejar de tocar estos meses. Esta iniciativa ha recibido gran apoyo por parte de los adultos, pero es algo complicada de seguir por los más pequeños acostumbrados a la forma presencial. “Entre los niños sí que he perdido seguimiento. Hay una cosa de la que no se habla de las clases online y es la intimidación que te da ponerte delante de una pantalla, solo en tu salón. A algunos niños esto les cuesta, de los que han seguido la primera clase eran solo risas y miradas a otro lado. Con los adultos es más fácil, tienen más madurez, más predisposición y sobre todo entienden mejor la situación” comenta. Por otro lado, Mario no ha tenido ningún problema para llegar a un acuerdo económico con las escuelas para las que trabaja, dependientes de los Ayuntamientos, pues le han mantenido el sueldo íntegro a cambio del compromiso de la realización de las clases online.
Estos han sido los recursos que ellos han decidido aprovechar
pero que no suple lo que era su actividad original. Javier López, profesor de
trompa y lenguaje musical en la Escuela Municipal de Música de Segovia y
trompista profesional comenta que a pesar de que se han encontrado alternativas
hay carencias que no se superan. “Asignaturas como coro o la Banda de la
Escuela las he tenido que paralizar porque no hemos encontrado una solución que
nos permita realizar nuestra actividad con normalidad” comenta. La única
actividad grupal que ha podido impartir con casi el mismo método de trabajo ha
sido lenguaje musical, aunque no al completo. En este caso ha utilizado Zoom
como herramienta de trabajo. Sin embargo, dentro de la propia asignatura ha
habido ejercicios como los dictados musicales (consistentes en tocar una pieza
con el piano y que los alumnos adivinen notas y ritmo) que no ha podido
realizar porque los medios tecnológicos no le permiten tocar el piano online e
interactuar a la vez. Los alumnos entre 6 y 8 años empiezan con una asignatura
denominada “música y movimiento”. Javier cuenta que esta asignatura ha sido
casi imposible de seguir. “Mando fichas, pero la continuidad es solo del 10% de
los alumnos que tengo. Hay muchos niños a los que les es muy difícil continuar
sin el seguimiento del profesor en una clase. Es una pena que muchos se hayan
quedado descolgados del curso y con la educación musical a medias en un período
de aprendizaje tan importante” afirma. Otra asignatura que ha tenido que
reinventar su ejecución ha sido orquesta. “En este caso el Ayuntamiento de
Segovia nos pidió que teníamos que impartir la asignatura sí o sí para no
cambiar el contrato y seguir con el mismo funcionamiento de la escuela. Lo que
hice fue reunirlos a todos por vídeo conferencia y explicar análisis musical
consistente en historia y en cómo están compuestas las obras y su finalidad. Es
una idea, pero para nada es igual que tocar todos juntos. Todavía no hay un
programa que lo permita” expone.
Para los alumnos de trompa utiliza un aula virtual, pero de
forma individual. En este caso, el recibimiento ha sido alto pues mantiene más
del 80% de sus alumnos. Entre las dificultades que encuentra en su método está
el no poder ver al alumno en su totalidad impidiendo que pueda corregir
aspectos como la postura al tocar o la respiración. “Otro problema es el
entendimiento con ellos, a veces tengo que simplificar las cosas porque no me
entienden lo que quiero decir. No es lo mismo explicarlo en persona que tener que
hacerlo a través de una pantalla. Se pierde interacción e incluso parte de
contenido” opina. En el caso del mantenimiento de su retribución no ha tenido
ningún problema ya que, a excepción del primer conflicto con el Ayuntamiento de
Segovia por las asignaturas, su actividad continua con normalidad como si las
clases se impartieran de manera presencial.
La música, por suerte, no solo ha seguido a nivel
profesional. Ha sido uno de los recursos más utilizados para compensar el
aburrimiento y la monotonía de los días encerrados. Junto al resto de las artes,
el sonido de voces e instrumentos se ha alzado entre miles de balcones de toda
España. Desde las arias en Madrid al pianista y el saxofonista que inundaron
Barcelona con las notas de Titanic. También entre los más pequeños ha
sido fruto de entretenimiento. El vídeo de Hugo (ganador de Got Talent
2019 con 4 años) tocando el tambor ha recorrido las redes sociales como la
pólvora. Para los jóvenes y mayores coger el instrumento suponía un momento de
desconexión, una vía de escape. Así lo aseguraban parte de los integrantes de
la Banda de Música de El Espinar. Para ellos es una sensación indescriptible
(que quién sea músico entenderá) tocar y centrarse solamente en el sonido, en
la ejecución. Y para los que no son músicos de profesión, seguro que los bailes en
el salón con las canciones favoritas no han faltado, ni las radios de fondo
invadiendo un espacio o los altavoces en el balcón animando al vecindario a
olvidar por un momento la realidad. Otra costumbre instaurada y de naturaleza
totalmente musical ha sido la de cantar y escuchar el “Resistiré” a las 20:00h
como símbolo de resistencia contra el virus. Podría afirmar, aunque me juegue
la mano, que no hay persona que no haya usado la música como antídoto contra el
desánimo, la soledad o la desesperación. Y, sin embargo, en el panorama educativo
ha sido una de las asignaturas más castigada. Asignatura que se ha representado
durante muchos años con nada más que el sonido de la flauta dulce en las clases.
Ahí se ha quedado y así lo recuerdan muchos jóvenes cuando han ascendido en su
educación. Y para los que escogieron la carrera musical (con una duración de 14
años) que se empieza desde niño en el conservatorio no han faltado las
ocasiones en las que cualquier persona les ha preguntado “¿Qué más estudias?
¿Solo música?”. Como si su valor se redujese a algo secundario que no tiene la virtud
de ser reconocido como cualquier otra profesión. Pero, volvemos a lo mismo de
siempre porque la música sigue ahí de una manera u otra como telón de fondo en
nuestras vidas. ¿A quién no le han vibrado las entrañas en un concierto? ¿Quién
no ha sentido el cosquilleo en la piel al gritar a viva voz un estribillo? o
¿quién no ha llorado recordando aquel momento con la canción más triste del
mundo? Y así podría continuar la enumeración hasta que no quedaran palabras que
ocultar para describir cada emoción provocada por unas notas musicales. Ojalá
llenemos con cualquier melodía nuestras vidas y la risa vuelva a ser el mejor
indicador del compás. Y ojalá también que la próxima vez que “suene la flauta” en
nuestras casas no sea por un estado de alarma.
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